
No he vuelto a cazar. El hambre bulle dentro de mí como una furia salvaje que devora mis entrañas lentamente. He sido incapaz. Oigo sus susurros durante el día, en todas partes, me persigue esté donde esté. Oigo sus gritos de noche, sus aullidos demoledores que, como agujas al rojo se internan en mi cerebro arrancando de mi ser desgarradores pedazos de lo que en su día llamé “alma”.
Siento un escozor extraño recorrerme la cara. No reconozco donde acaba la máscara. Soy incapaz de discernir el insignificante espacio de realidad vestigial que separa mi rostro del suyo. Pronto no sabré donde termino yo… y donde empieza él.
No he vuelto a cazar. Ella es la culpable, me azota cada noche con esos ojos culpables que parecen pedir disculpas mientras devoro sus entrañas en mi eterno caminar para alejarme de ella, para pedirle perdón, para buscar su redención, para envolverme en sus brazos, para caer en probar de nuevo su piel, para terminar arrancando de ella un desgarrador gemido mientras flores carmesí brotan de su agujereado vientre.
No se dan cuenta. En su largo caminar por el corto tramo de eternidad al que llaman vida encuentran fascinantes cosas de una simpleza tal que deslumbra y les hace olvidar aquello que les rodea. No se han fijado, hace demasiado que llevo la máscara, ya nadie se fija en ella. Se ha convertido en mi rostro. Siempre me han visto a través de un velo traslucido que les impide observar lo que tienen delante. Su propia existencia hace irrisoria la idea de que un ser como yo camine entre ellos. Mi propia existencia es deleznable mientras sonrío a través del que ahora es mi rostro buscando con analítica precisión una razón para no terminar con sus vidas.
Sus ojos, siempre son sus ojos los que detienen mi hambre. El enjambre rugiente que se nutre de mis entrañas no es rival para aquellos ojos que con una vidriosa mirada parecen desmontar todo aquello en lo que creo. Pozos de luz en una oscuridad tan absoluta que las mismas brumas que me rodean parecen resplandecer como un fuego que consume mi mirada y deja de mi solo aquello que es necesario para seguir vivo un día más.
Hace mucho que camino por las calles de mi Tres Veces Maldita Leng. El ambiente oscuro y demacrado de las calles. El abandono y la soledad envueltos por el miedo y la desesperación. Miles de presencias que, tras cada esquina, agazapadas en las sombras buscan el momento de saltar en busca de mi maltrecha alma para hacerla trizas, para condenarme a un dolor eterno que no hará más que intensificarse cuando, la mañana siguiente, despierte de nuevo, acurrucado en el suelo, desnudo, cubierto por la reseca capa del rojizo líquido que evidencia mi culpa. Mirando fijamente unos ojos perdidos en el horror de un cielo sin estrellas. En los pozos de eternidad de los que una vez más surgirá la bestia que me atormenta, sonriendo complacida, acompañada de una segunda mirada, una mirada culpable que parece pedir disculpas…
No, no he vuelto a salir de caza. Busco desesperado el punto donde termina la máscara, donde empiezo yo. Un punto que se perdió en el olvido hace mucho tiempo. No existe tal distinción. Estoy condenado a llevarla.






